Acabo de empezar un nuevo trabajo. Apenas llevo cuatro días y ya siento como si hubiera pasado un mes... Ufff, las jornadas han sido intensas y así seguirán, lo intuyo.
Este ambiente laboral es muy-muy diferente al que tenía hace una semana. Totalmente lo contrario: mucha seriedad, poca solidaridad y un montón de desconfianza por entre los cubículos. Afortunadamente tengo a la compañera de área de mi lado. Disfruta pasándome todas las responsabilidades porque el puesto de trabajo tiene los ojos de muchas personas encima. Yo creo que lo empecé con el pie adecuado.
Con esta nueva intensidad en mi vida, la casita del bosque se convierte en el lugar más codiciado del día. Hoy pasé por ahí durante el almuerzo, con la excusa de ir a dejar unas cosas. Se me había olvidado que al mediodía el sol hace brillar las paredes grisáseas del exterior de mi guarida y que el viento me hace cerrar los ojos para imaginar lo bien que quedaría un lago en el fondo del barranco.
¿Cómo le puedo hacer para que aparezca y que pueda jugar con los dedos de mis pies en su agua cristalina?
Hace miles de años, dos estrellas nacieron el mismo día y a la misma hora en el firmamento. Una de ellas era más grande de tamaño que la otra, pero las dos brillaban igual de intenso e igual de blanco. La más pequeña compensaba su volumen con una dulzura inmensa. Ambas eran inseparables. Toda su niñez giró alrededor de juegos, bailes y carcajadas. Su pasatiempo favorito era brincar de constelación en constelación, o bien, intentaban infructuosamente ganarle la carrera a los veloces cometas. A escondidas, creaban códigos secretos que ninguna otra estrella podía descifrar para que nunca nadie interfiriera en ese brillo que las unía. Se cuidaban mutuamente sin dudarlo. Eran almas gemelas.
Un día, al salir de la escuela, la más pequeña recibió la invitación de otras estrellas de su tamaño para ir a jugar con la Osa Menor. Se la pasó tan de juego en juego, de ronda en ronda y de carrera en carrera, que tardó mucho tiempo en regresar con su hermana mayor. Por un momento se había olvidado de ella.
Cuando por fin regresó a ese lugar donde nacieron juntas, estaba tan cansada que había perdido un poco de brillo. Un tanto preocupada, la más grande quiso animarla contándole su más reciente aventura: ¡había conocido un planeta, lo había explorado completo y le había dado la vuelta!
La pequeña estrella, al escuchar los detalles de aquella travesía, decidió hacer lo mismo. Así que, al día siguiente, un poco repuesta, eligió su propio planeta para explorar. Poco había recorrido, cuando un intenso dolor la sacó de su trayecto. Se había tropezado con una montaña.
De vuelta con su hermana, le contó lo sucedido en medio de grandes risotadas. Ambas se abrazaron divertidas y decidieron que juntas, disfrutarían de ese viaje y se cuidarían entre sí para no lastimarse.
Cuando llegó el momento, empacaron agua y comida en sus mochilas y salieron corriendo hacia el planeta con la montaña grande, decididas a conquistarlo. Pero a la mitad de su vuelta, la estrella pequeña se encontró de nuevo con la Osa Menor, quien volvió a invitarla a unirse a sus juegos. Sin pensarlo dos veces, se separó de su hermana, prometiéndole un pronto regreso para retomar la aventura. La estrella más grande, ya que había experimentado la exploración de otro planeta, decidió ir más allá y examinar otros fenómenos del universo, mientras su hermanita volvía. Conoció a los satélites, los meteoritos, al sol e incluso a otras galaxias. Hizo muchos amigos y con ellos formó su propio círculo de viajes. Ella se convirtió en una importante guía.
Tanto tiempo tardó en llegar el reencuentro con su hermanita que, cuando sucedió, ninguna de las dos era la misma. La más pequeña brillaba menos y la mayor brillaba aún más.
Entonces, la estrellita quiso seguirle los pasos a la otra, pero no lograba reunir energías para llegar más allá del sol. Intentó recorrer aquel planeta con la montaña, pero en la primera vuelta, volvió a tropezar. Se dirigió al lugar donde nacieron juntas y le narró lo sucedido a la mayor, en medio de grandes carcajadas. Esta vez, a su hermana no le pareció gracioso. Aún así, le ofreció de nuevo su ayuda, pero cuando iban de camino al planeta por segunda vez, una nueva distracción le robó a la pequeña.
Tristemente no sería la única vez que eso sucedería. Una y cien veces la estrellita desvió su camino. Y en cada repetición, brillaba un poco menos. Por eso, cada vez que pasaba, el lazo que las unía se iba desvaneciendo.
Así que, un día cuando la más pequeña regresó al lugar donde nacieron juntas, para relatarle otra vez aquel tropiezo con la montaña, la mayor había empacado sus cosas y se había mudado a otra galaxia. Lo único que dejó fue una nota de despedida escrita con polvo celeste.
El domingo conocí el restaurante vegetariano "El árbol de la vida".
Por alguna razón me agradan los lugares poco concurridos y rodeados de naturaleza. Éste es uno de ellos.
La casa en la que está alojado es acogedora a pesar de su amplitud de espacios y quienes atienden son muy amables y tranquilos. En compañía de una de mis hermanas almorcé en el patio, mientras le echábamos un vistazo a un libro de historia precolombina.
A cada poco nos interrumpía la conversación alguna florecita que caía en la mesa, una semilla o el aleteo de un pájaro en el agua de la fuente.
Para elegir un plato en el menú, nos tomamos un buen tiempo. Todo sonaba delicioso. Pero al final, probé la lasagña de espinaca con queso ricotta y pedí un jugo de apio con manzana.
Debo confesar que la mezcla de los ingredientes del jugo me hizo dudar, pero al darle el primer trago, me calmé. Estaba extrañamente rico.
La ensalada que acompañaba a la lasagña traía un aderezo aceitoso que le dio el toque a la lechuga y a la alfalfa. Resulta que es una receta de la casa que no lleva más que ajo, salsa soya y albahaca. Nos gustó tanto, que pedimos una botella pequeña de ese rico sabor, para llevar.
Y de postre, probamos un pie de macadamia y un flan de ayote. ¡Demasiado sabroso para ser vegeteriano! Se los recomiendo.
Anoche soñé que un chapulín colorado en miniatura, bajaba con paracaídas en el patio de mi apartamento. Yo vivía en un edificio antiguo, en un cuarto o tercer piso, por lo que me sorprendía que un juguetito así haya sido lanzado hacia mi patio. Me preguntaba desde dónde lo habían hecho y quién pudo haber sido.
Cuando lo recogí, me di cuenta que el chapulín estaba relleno de algo. Como pude, lo partí y encontré que traía tres cartas escritas a mano con una grafía que nunca había visto. Era una declaración de amor. El susodicho no firmó y yo no tenía idea de quién podría ser. Sin embargo, habían referencias al pasado en su redacción, cosa que me hacía sospechar en que alguno de mis ex novios estaba acercándose de nuevo.
Lo comenté con una de mis hermanas, quien casualmente llegó de visita en el sueño, pero al mostrarle el chapulín y su paracaídas desarmados, empezó a reírse a carcajadas. Yo me alejé de ella, resguardando al personaje de plástico, como una niña que no quiere compartir sus juguetes.
Al despertar, recordé que en la casa de un ex novio, había un chapulín colorado de plástico adornando uno de sus muebles.
Qué extraña manera tiene el inconsciente de recordarle cosas a una.
Este sábado la casita del bosque vivió algunos cambios drásticos. Un par de muebles fueron movidos de lugar y un par de bocinas gigantes se ubicaron en el comedor. Y todo para recibir a los antiguos integrantes de un suplemento para jóvenes que existió hace muchos años.
Pero aquel espacio, acomodado para albergar a tantos personajes, sólo fue frecuentado por los friolentos, hambrientos y sedientos. Al nomás satisfacer esas necesidades, se apresuraban a salir al bosque a formar parte del jolgorio que se armó afuera de la casita. Una fogata hubiera quedado perfecta.
Hubo tantas carcajadas, planes y anécdotas, que el tiempo pasó rápido. Así, se fue llevando uno a uno a los visitantes.
Al final, quienes nos quedamos a celebrar la madrugada, decidimos refugiarnos dentro de las cuatro paredes y cobijarnos con la nostalgia, al compás de canciones viejas y recuerdos que guardábamos en las entrañas.